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La fuerza centrífuga: sobre “La ciudad de los minotauros”, de Carol Zardetto

Nunca antes había leído ninguno de los libros de la escritora y columnista Carol Zardetto, sino hasta hace unos días, cuando decidí entrarle a las 300 páginas cabales de su novela La ciudad de los minotauros, publicada recientemente por Alfaguara. Veamos.
           
           
           
Intertextual


El personaje principal del libro, llamado Felipe Martínez, cavila en primera persona de su vida y de su país.
           
Lo hace en Nueva York, en esa tierra larga e instantánea y vertical llamada Nueva York.  Felipe Martínez cavila de su vida y de su país y cavila de la ciudad de Nueva York, mientras la circula.
           
En efecto, hay mucho deambular en esta novela. Este deambular por la cultural, nocturna e immigracional Nueva York organiza y vertebra y funcionaliza buena parte de La ciudad de los minotauros.                     
           
Ahora bien, dentro de este gran pozo de ciudad hay un pequeño apartamento, que Felipe comparte con su misteriosa roommate, Toni. Digamos que el apartamento también asiste las dinámicas de la acción narrativa, por medio de encuentros y desencuentros, retornos y huidas, búsquedas y raudos rompimientos. La novela, lo han adivinado, es la historia de un hombre y una mujer (y de esta mujer y su hija anoréxica). Idilio erótico, imposible. Recordé de inmediato aquella cita de Baudrillard, de su libro América: “En Nueva York, el torbellino de la ciudad es tan grande, y tanta la fuerza centrífuga, que resulta sobrehumano pensar en vivir en pareja, compartir la vida de alguien”.
           
¿Pero qué hace Felipe en NY, a todo esto? Parece ser que estudia cómo hacer guiones de cine. El hecho de que el personaje principal estudie guionismo explica por qué la autora se permite ir trazando la idea entera para un guión dentro de la novela misma.
           
No es extraño que Zardetto use el asunto del guión como recurso narrativo, siendo ella misma guionista, hasta donde creo y me parece recordar. Creo recordar también que da clases o talleres de guión.
           
Como sea: el guión que Felipe va desarrollando está basado en un libro que él mismo encuentra en una librería de Nueva York. Se llama El contador de los libros, de los antropólogos Lore y Benjamin Colby (lleva por subtítulo: Vida y discurso de un adivino Ixil). El libro surge en la ficción de Zardetto, pero de hecho existe en la realidad.
           
La vida y el discurso del adivino ixil –llamado Shas– informa el guión de Felipe, así que ahora la novela de Carol Zardetto ya tiene dos historias, y en paralelo. Por un lado tenemos las peregrinaciones, pasiones e incertidumbres de Felipe en Nueva York; por el otro la biografía de Shas en fincas y cafetales, su alcoholismo, su condición de adivino (y no es difícil adivinar que el tema de la adivinación le resulta cercano a Zardetto: un libro suyo, El discurso del Loco, se basa en las cartas del Tarot).
           
Zardetto se sirve de la historia de Shas para crear en Felipe una reflexión sobre Guatemala en NY (con esa consabida intimidad que da la distancia). La novela toca un tema muy y siempre actual: el tema de la identidad en un contexto de migración.
           
Así como el guión va quedando desarrollado dentro de la novela (por medio de sucesivas secuencias) hay otro recurso narrativo que Zardetto utiliza, que llamaré a partir de aquí “intertexto”: pequeños párrafos intercalados que rompen la narración comprimida en primera persona.
           
Realmente el intertexto representa una distancia crítica, un alejamiento de la voz de Felipe. Este alejarse se da paradójicamente como un escrutinio, como un acercarse a la subjetividad de nuestro personaje –un acercarse que es ya una interpelación. De ese modo, el intertexto va rindiendo la vida interior del personaje, y lo capta en sus contradicciones, en sus insuficiencias. Teóricamente, el intertexto rinde una subjetividad auténtica, contra el encuadre falso, tendencioso, oblicuo, del narrador. El libro se va poblando de disgresiones, que se hacen ver por un cambio de tipografía (por cierto horrible).



Algunas objeciones


Carol Zardetto es una mujer abierta: no le importará que meta aquí una o dos críticas a su novela.
           
La primera de ella tiene que ver con el ya mencionado intertexto, que, en mi criterio, le resta dinamismo al libro todo. Moroso, cíclico, inútil, esquemático, pareciera un juego interesante pero de veras no lo es. Sobre todo no aporta la clase de autenticidad que pretende dar. La autora sustituye la consciencia del narrador por otra consciencia, pero resulta que esa otra consciencia es igual de oblicua que la primera. ¿No hubiese sido mejor hacer un personaje definitivamente contradictorio? ¿Y delatar sus contradicciones orgánicamente, por medio del personaje mismo, sus gestos, sus palabras, sus acciones?
           
Así como no funciona del todo el intertexto, tampoco funcionan mucho las llamadas secuencias (que van dibujando el guión ya mencionado). Esas secuencias, yo las hubiera preferido presentidas, a la manera onettiana. Me pasó que en cada secuencia que leía, perdía progresivamente el interés por la novela. Este recurso de meter dentro de la novela otro género es suficientemente riesgoso y rara vez funciona. Yo lo hice con mi novela Diccionario Esotérico (un largo poema) y fue un completo error.
           
Mi siguiente crítica tiene que ver con lo que el libro tiene de comentario social. La ciudad de los minotauros busca convertir un relato etnográfico en un mensaje conscienciado. Para mí eso es un problema. En verdad no podemos dejar que nuestro indignado columnista interior se meta en nuestra libro y colonice el cerebro de nuestro personaje. Es algo que se puede hacer muy hasta cierto punto; pero pasado ese punto nuestra posición y nuestra crítica (por ejemplo, al racismo o al machismo) empiezan a devorar, anticlimáticamente, la ficción. Como yo lo veo, la literatura y la ciudadanía son extremadamente difíciles de mezclar. Tanto la novela social como la moral demandan competencias muy especiales, de otro modo se van volviendo explicativas y emplazadas. Lo étnico, cuando busca un programa, se torna formulaico. Se ha visto en innumerables novelas guatemaltecas que, en su exigencia de historia, identidad, pluralismo, extravían una dosis escandalosa de poesía y acción narrativa.
           
No puedo evitar pensar por demás que sin todo esta glosa social que va atravesando el libro, impuesto por la autora, el personaje Felipe hubiese brotado más entrañudo, más decadente, más luciferino y más interesante.
           
No todo el problema se lo quiero endilgar a la autora. Es decir: creo que La ciudad de los minotauros se hubiese beneficiado de un trabajo editorial más agresivo. Todo tiene que ver con el corte, a mi forma de verlo.
           
El editor deberá tener una espada, una lógica, y es la lógica menos-es-más. Es mi opinión que la novela hubiese quedado mejor con la mitad de páginas, que hubiera funcionado mejor como nouvelle o cuento largo. Todo ese trabajo –ya retirado, ya tácito– le hubiera dado mucha fuerza a la historia y a la psicología de la historia, en lugar de quitársela. Vamos, no estamos diciendo nada que Flaubert o Hemingway no hayan dicho antes.
           
Mi última crítica tiene que ver con Nueva York. Lo diré directamente: ¿no merecía Nueva York un homenaje más místico, más proteico, más avanzado y visionario? Uno piensa en la producción literaria que hay detrás de ella. Uno piensa en todos esos autores (de Lorca a Beigbeder, de Céline a José Hierro, de Ginsberg a De Lillo, so on) que supieron hacerla mugir, y de inmediato reivindica una exigencia... una exigencia newyorquina. Escribir algo basado en NY es un reto enorme, que demanda devoción y sobre todo demanda lenguaje. Pareciera ser que esa misma fuerza centrífuga (yo agregaría: minotáurica) de la cual nos hablaba Baudrillard, y que nos dificulta amar en la ciudad incansable, también dificulta escribir en, sobre y de ella.

La existencia poética

Palabras de aceptación del XI Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón. 

Lo que yo he querido siempre, y he logrado a ratos, es una existencia poética. 
        
Es una suerte que la poesía no forme parte del mercado, una suerte que no se pueda escribir poesía para ganar toneladas de pisto, una suerte que el poeta no forme parte de las llamadas fuerzas productivas.
        
La poesía es ese agujero arsénico por donde todas las esperanzas económicas gotean y lo que va quedando es una sed financiera de proporciones siderales.
        
Eso nos obliga a quienes la practicamos a ejercerla de un modo enteramente desinteresado, con la lencería quitada, sin seguridades ni garantías, y fe punk. 
        
Como la vida poética está hecha de incertidumbre, eso exige al poeta, de modo paradójico, a confiar con locura en la vida poética. Aquellos que han otorgado su fluido existencial a la creación verdadera recibirán algo que no puede ser descrito en el presente párrafo sin riesgo de traición.
        
Aclarado esto, no tengo ningún problema con que el poeta reciba un premio, una beca, un sustento, una posibilidad concreta que le ayude en su quehacer. Dejemos que esas cosas lleguen a nosotros. Como dije en otra parte, si la poesía no vale aunque sea dinero, entonces la poesía no vale nada, puesto que el dinero es el mínimo valor posible de cualquier cosa.
        
Pero, por supuesto, cualquier suministro y asistencia palidece en comparación con el gran premio que es residir en la energía y éxtasis radiante de la palabra. La poesía nos pone de un humor excepcional en cuanto a que lo derrite todo: las agonías, las calcificaciones, las prescripciones, los candados, el agudísimo dolor tetánico presente en prácticamente todas las esquinas.
        
Es en virtud de este gozo que el poeta está dispuesto a hacer un contrato feroz con la poesía y mantenerlo en las condiciones más infames. Es en virtud de este regocijo que el poeta decide privilegiar la poesía por encima de los buenos y cuerdos oficios. Es en virtud de este deleite que el poeta hace de la poesía una identidad ridículamente dominante. Es en virtud de esta risa que el poeta se ahorca al final de cada tarde, con un verso. 
        
Nunca he de olvidar las épocas cuando escribí por lo menos un poema al día. Empresa fácil si lo hacemos algunas semanas, pero ya en una constancia de meses y demás, digamos que son otras veinte varas.
        
En semejante obligación está la gloria del poeta. Como todos los votos, los de la poesía también hay que renovarlos. No es cosa de convertirse en un diletante, un turista de la inspiración, sino de asumir la responsabilidad lírica con toda la soberanía del caso.
        
Compromiso obscenamente irracional, teniendo en cuenta que va en contra de todos los dictados del sano juicio y en contra de los mejores y más rectilíneos pactos sociales. En efecto, la poesía se presenta como un acto de resistencia a los mandamientos del orden común. Eso requiere que utilicemos –con cierta autoridad y contra toda autoridad– un arma afilada y sensible.    
        
Lo que estamos diciendo es que la poesía es un verduguillo, y que será utilizado.
        
Dicho esto, no sugiero retirar vitriólicamente todas las embajadas de todos los países y ponerse a manufacturar ensayos nucleares. De hecho, yo creo mucho en eso de escribir para el otro. O dicho más precisamente: yo creo que el escritor escribe para nadie, para sí mismo y para todos.
        
Hoy, gracias a las formas instantáneas de difusión, fuera del formato impreso orbicular, es muy fácil regalarle al prójimo nuestro trabajo. En mi blog La panza abierta de algo he subido hasta doce de los poemarios que he venido escribiendo. Regalar y circular poemas inéditos: eso para mí tiene que ser una de las definiciones más precisas del afecto.
        
En tiempos más arcanos, el poeta escribió bajo la esperanza de que sus versos transformasen el contexto y la consciencia. Lo que buscaba ese sujeto extravagante era conmover el corazón de su pueblo y de los pueblos y subvertir las jerarquías ya sin gracia. Creía que podía conectar con las personas y así protegerlas, sanarlas, mutarlas, con el poder íntimo de una composición. El poeta era un vehículo del cambio. Llámenlo ingenuidad feérica, llámenlo inocencia. Como yo lo veo, sin esta clase de inocencia seremos todos degollados.
        
¿No es hora de que volvamos un poco a esta antigua superstición? ¿No estamos viviendo momentos oscuros en el vasto orbe? ¿Y en Guatemala, en donde luchamos contra la hidra inacabable del caos y la completa deserción de toda arquitectura cultural avanzada, en pos de un funcionariado regresivo y obsoleto? ¿Y en México, en donde las personas desaparecen como vaporizadas por alienígenas, mientras la logomaquia oficial va quedando más y más ridícula? No, señores, no vamos a olvidar a los desaparecidos, como de hecho no vamos a olvidar a los muertos.
        
He hablado de la cualidad comunal del poema, pero con ello no estoy hablando de formar parte de un estamento municipal o artístico. De hecho para mí es crucial permanecer lejos del mundillo literario y sus convenciones, fuera de los espacios banales de la literatura.
        
Como dijo Ferlinghetti, parodiando al buen Ginsberg: “Hemos visto a las mejores mentes de nuestra generación / destruidas por el aburrimiento en las lecturas de poesía”. Cuánta razón dan estos versos. Yo los he visto llevarse a la poesía a los peores muladares y vertederos, ante los cerdos insensibles, de jeta congelada, y ahí asesinarla, destriparla, convertirla en un vómito tibio y reconfortante. Le robaron todo su carácter sacramental. Le robaron toda su verdad. La convirtieron en una telenovela para histrionistas baratos.
        
Por mi parte, no tengo ningún problema con crear poesía constantemente, constantemente publicarla, y todo el tiempo decirla, siempre y cuando eso no la ponga en la canasta de los saldos. Está bien ganarse un premio de vez en cuando, supongo, pero tampoco podemos perder del todo la diagonalidad de la poesía, la subterraneidad, la elegante discreción.
        
La poesía como práctica de las periferias. Y el poeta como brujo que escribe desde la liminalidad social. Me quejo de lo impasible y lo imposible de las audiencias, pero lo cierto es que solamente una cosa salvará la poesía, y será la indiferencia. Imaginen que los libros de poesía tuvieran opción de comments. Sería abominable.
        
Eso implica contenerse en lo escrito, y no ponerse a leer poemas en público como si no hay mañana, o como si uno fuera parte de una banda chafa de covers. Sigo considerando la lectura poética como un modo de darshan, de transmisión espiritual. Recordemos que la poesía visionaria es una bendición del espíritu, como quieran entenderlo, y deberá ser leída en espacios sagrados, y por sagrados no quiero decir perfumados o elitistas, sino verdaderos, sensibles, incondicionales, libres.

En esto no hay alternancia posible.
        
Mejor que aceptar cuánta invitación a leer poesía es escribirla con un poco de maldita honestidad. Estoy refiriéndome a una autenticidad sin paredes. O por decirlo como nuestro gran psicopompo Cardoza: “Escribir es sacarse las tripas y hacer una hoguera con ellas”.
        
En vez de ir por la vida como quinceañera de la poesía, ¿no sería mejor redactarla con espontaneidad, intuición, gracia, duende? ¿Y con diseño, orden, precisión y técnica?
        
Arrogancia grande sería reclamar semejantes cualidades para mi propia obra, pero al menos puedo reclamar para mis versos la cualidad de lo oblicuo y lo mutante.

Y un estilo propio desde donde contemplar el mundo.
        
Ahora bien, lo original no puede nacer sin lo recibido. De ahí la importancia de leer a los lamas líricos, aprender toda vez de ellos y recibir su experiencia y su hermoso granizo. En cuanto a mí, he leído mucha poesía de muchos lados, pero por supuesto la gran mentora ha sido la poesía latinoamericana. No voy a citar a todas las bellas influencias necesarias, porque eso sería desde luego interminable, pero sí mencionaré a tres clásicos que amo demasiado y lo suficiente: el peruano Manuel Scorza, el cubano Eliseo Diego, y el venezolano Eugenio Montejo.    
        
Maestros.
        
Como ellos, a nosotros por igual nos corresponde levantar, demiúrgicamente, la ciudad poética. Si no nos ocupamos de celebrar a los poetas y su producción, de regenerar continuamente el sentido y tradición de la poesía, es posible que esta misma tradición termine perdiendo su fuerza y su pureza. Por lo mismo, el poeta no puede negar arbitrariamente a aquellos que vinieron detrás. Sin caer en la complacencia, deberá ser también un poeta de su tiempo y vivir entre los suyos. Y luego le corresponde intuir y preparar el camino de aquellos y aquellas que vendrán.
        
Es así como todos los tiempos residen en el poeta. Todos los tiempos y todos los espacios. La poesía es una práctica que nos da la facultad de penetrar, con inteligencia y sensibilidad y sensualismo, en la totalidad de lo manifestado y lo contingente, registrar sus permanentes sincronicidades, sus cuajos luminosos, sus mandíbulas fascinantes. Tener una relación profunda con la poesía significa tener una profunda relación con todo. Los poetas son como trovadores/psiconautas viajando en la innumerable toldería cósmica, desatando claridades. Lejos de ser una manera de reificar nuestra identidad artística, la poesía puede ser un instrumento despierto de búsqueda que nos permita recorrer el mundo interior y el objetivo, el ser y el interser. 
        
Entiendo la poesía como una forma de existencia total, abierta y receptiva a todos los principios titulares del universo, así como a sus infinitos matices. Como escribí hace poco, parafraseando –a cien años de su muerte– al gran Darío: “El poeta es un router celeste”.
        
Si la poesía es un espejo del todo, entonces yo he querido una poesía galvánica que refleje por igual la proporción y la profusión, la disciplina y la inspiración, la solemnidad y la irreverencia, el rito y la ruptura, la distancia y la intimidad, el placer y el dolor, la armonía y el asco, la sensibilidad y la violencia, el poder y la vulnerabilidad, lo claro y lo críptico. 
        
Espero que el libro que están premiando esta noche contenga, en mínima medida, todas estas distintas propensiones. Pero sobre todo espero que exprese el pájaro ciego y lúcido de lo libre.
        
Por supuesto, hablar de poesía libre no es más que una onerosa tautología. No quita que a veces es bueno repetirse de este modo, especialmente cuando queremos hacer el punto de que la poesía no puede a ningún programa encadenarse, ni tampoco a ninguna voluntad específica. La envisiono como un poderoso, un incoercible rayo catódico que puede jugar al zigzag pero en última instancia no cede a la tentación de ningún magnetismo.
        
En todo caso, la poesía se mantendrá libre mientras sirva a su verdadero amo, que es el silencio. Es en el silencio en donde la poesía última siembra sus raíces y a partir de ahí ilumina creativamente todos los universos.
        
Y bien, es en nombre del silencio que termino esta intervención, pero no sin antes agradecer a todos aquellos que hacen posible este premio, uno de los más importantes del área. Que viva la poesía.

Jefferson escribe


Hace 240 años (en 1776 entonces) la relación con la gerencia de Jorge III se había vuelto inestable, en ese lugar que luego iba a llamarse Estados Unidos. Hay desasosiego.
           
Hay desasosiego, y los hijos de la Colonia, hartos de un régimen punitivo y tiránico, buscan ser libres. Estamos cansadas, exclamaron, despiertas, las Trece Colonias. Por lo cual se puso a un hombre oracular, experimentado y marcialmente talentoso –el general George Washington– al mando de un ejército continental de tonalidades milicianas. Constituciones fueron consignadas. Se venía la Revolución Americana, con su cadena de eventos pictóricos y colosales.
           
Con eso en mente se proyectó la redacción de lo que sería un magno documento revolucionario, aún con todas sus limitaciones culturales: la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América.
           
Lo que ocurrió fue que Thomas Jefferson escribió, y dos continentes se separaron.


Palabras ciudadanas

Todo el mundo sabe que Jefferson fue el artífice del texto en cuestión. El error sería asumir que todo el mundo sabe que fue escrito en Philadelphia (Market and Seventh Streets) en un edificio de ladrillo, en donde el prócer rentó una habitación, y en cuyo salón lo podemos ver ya sentado sobre una silla que ha de ser cómoda (Jefferson de eso sabía alguna cosa: inventó la silla giratoria).    
           
Impresiona verlo ahí, al Padre Fundador, en reclusión, a ratos pensativo, resumido sobre un escritorio propio, simple y limpio, con pluma cargada de tinta y poder histórico. Su caligrafía es inocente, casi infantil, pero de ella se desprende una gavilla de ideas maduras y graves palabras ciudadanas.
           
¿Qué obras le acompañan, mientras redacta la suya? No muchas, aseguran las fuentes. Uno de ellas podría ser la recientísima Declaración de Derechos de Virginia, de George Mason (Mason está muy presente en el texto de Jefferson).
           
Fraguar una Declaración de Independencia es una gran responsabilidad. El Congreso Continental conformará un comité de cinco ilustres, para llevar a cabo la tarea, que podemos inventariar aquí: el propio Thomas Jefferson, John Adams, Benjamin Franklin, Roger Sherman, Robert Livingston.
           
Aquel comité impresionante pensó en Adams para la redacción del delicado escrito. Estamos hablando del mismo Adams con quien Jefferson mantendría más adelante una enemistad proverbial. El mismo Adams con quien luego de esta rivalidad se reconciliaría famosamente. El mismo Adams que en su lecho de muerte diría “Jefferson sobrevive” (aunque Jefferson venía de morirse, en una de esas gloriosas sincronicidades históricas).
           
¿Por qué Adams le daría al joven Jefferson la responsabilidad de crear el acta? “Reason enough”, es su propia respuesta. Adams consideraba que tenía un “feliz talento para la composición y una singular felicidad de expresión”. Puede que todos los demás del comité, más ancianos que Jefferson, vieran la redacción del manuscrito como una responsabilidad menor, en medio de mayores deberes.  
           
Pero de hecho era una gran responsabilidad, una nada grotesca responsabilidad. Una que Jefferson, con la edad crística de treinta y tres años, emprendió. Era relativamente joven para la tarea, pero escribir no le era ajeno. Ya había escrito, por caso, A Summary View of The Rights of British America (1774). Más tarde, Jefferson redactaría otros notables legajos, y en términos generales fraguaría un notable cuerpo verbal, que bien ocupa una docena o veintena de volúmenes, según la edición.
           
De la composición propiamente: imaginamos a un Jefferson eléctrico, de todo punto inspirado. Lo cual se refleja muy claro en ese preámbulo modélico e icónico que ya todos conocemos. Muchas pinturas se han hecho de ese instante concreto en donde una nación abstracta fue fundada. Fue Robert Penn Warren quien dijo, en una entrevista para el Paris Review, que América es única entre naciones porque otras naciones son accidentes geográficos o raciales, pero que América está basada en una idea.
           
Esas grandes, esas apoteósicas verdades que quedaron ahí plasmadas, naturalmente que Jefferson ya las conocía. De hecho no eran suyas en lo particular. Las había recogido en unos libros que estudiara ávidamente en el seno de una plantación de Virginia (Jefferson era sureño). También las había escuchado de primera mano de otros alumbrados que tuvo a bien conocer.   
           
Como sea, eran grandes verdades. Verdades como esa de que todos los hombres son creados iguales (lamentablemente, y al parecer, las mujeres no). Una verdad que Jefferson llamará autoevidente.
           
Jefferson como se sabe defendía la teoría de los derechos naturales. La vida, la libertad y la persecución de la felicidad son derechos inalienables, redactó en el acta–espejo, y quizá hoy todo eso nos parezca un truismo, pero en aquella época, nos atreveremos a decir, había algo en esas palabras de anomalía, una afrenta, una naciente constelación de posibilidades.         
           
Bajo la pluma de Jefferson esas doctrinas y discursos cobraban una vida especial. Era como si el Gran Ángel Americano lo estuviera tocando. Y ahora le brotaba una prosa exaltada, una llama, de su puño y letra, que quemaba el papel mismo donde escribía. Sobre todo, se aprecia que Jefferson pusiera esas verdades de un modo tan axial, tan sucinto. Ahí está el pragmatismo americano, hecho prosa.
           
Claro, Jefferson edita, corta, retrocede, agrega. Hubo tachaduras. A lo largo de dos semanas y media ­–­desde el 11 de junio hasta el 28– emana varias versiones del texto. Pero eso no contradice la seguridad forjada de sus palabras. Dos semanas y medias no es una noche, está bien; pero tampoco son dos años y medio, por decir. El original fue formado en un relativo arrebato, puesto ahí por la urgencia de las circunstancias, claro, pero también por alguna clase de empuje noético, nos gustaría pensar.                           
                                   

Escrito para todos
                       
Hecho el papel, vinieron los cambios: 86 cambios, para ser exactos.
           
Algunos cambios vinieron del patricio Comité de los Cinco (por ejemplo, alguna alusión al pueblo inglés se juzgó innecesaria). Pero los mayores cambios  vinieron ya del Congreso Continental, al punto de que se cortó el 25% del texto original.
           
Claro, fueron retiradas las alusiones al esclavismo, ese “comercio execrable”, en las palabras del propio Jefferson, en un embrujo abolicionista que luego habría de evaporarse en su persona (Jefferson siempre mantuvo esclavos y hoy se le consideraría bajo cualquier criterio un cafre racista). Jefferson, como era de esperarse, no estaba muy contento con esos cambios que le impusieron (“mangled”, mutilado, nos parece que fue la palabra que usó, respecto a lo que le habían hecho al texto). De todos es conocido que ese dilema, el del esclavismo, ese sórdido dilema, fue el parteaguas que habría de llevar a la cruenta, casi teleológica, guerra de la secesión, que habría de convertir el territorio estadounidense en una sentina de carnes magulladas.  
           
Terminada la mutilación, vendría la firma de los notables en el Congreso. Aunque hay que especificar que el escrito no habría de ser firmado sino hasta el 2 de agosto de 1776 (no el 4 de julio, como podría pensarse, fecha cuando se aprobó más bien el texto). Lincoln dijo del mismo que es uno de los más nobles documentos oficiales de América. Que Jefferson era su autor no sería un dato conocido sino hasta muchos años después.
           
La Declaración es hoy estudiada en todas las aulas de Norteamérica (acaso por un afroamericano en Virginia, en estos momentos cuando las primarias ya expiran en Estados Unidos). Si fue celebrado tan universalmente (y suficientemente emulado por otras naciones) es porque era, y es, una obra al final accesible, no críptica. La Declaración puede o no ser leída por las mayorías (aunque hay que suponer que muchos, pasado el preámbulo, se aburren leyendo el cuerpo del pliego, un fichero de cláusulas que tratan la casuística, por así decirlo, de la Independencia) pero lo que en todo caso podemos decir es que a estas mayorías las subsume, las espiritualiza, las representa: Jefferson escribió para todos y con todos en mente.
           
Cincuenta años después de la Independencia de América, Jefferson murió, acaso pensando en ese momento íntimo cuando su pluma definió el estilo de una nación, en un documento que, siendo tan puntual, es vasto como un orbe.

Apuntes jurados: crónica personal para un concurso literario

Eso de ser jurado en el Certamen Nacional BAM de Cuento 2016 me dio la tremenda oportunidad de observar un premio de letras desde dentro.
        
He participado muchas veces en certámenes de esta naturaleza, algo de todo punto emocionante. Pero no menos emocionante es formar parte de un jurado literario.
        
Puede decirse que la experiencia es ya por derecho propio una historia, una narración, un viaje.
        
Siendo un viaje, es normal que yo pensara en algún momento: ¿por qué no hacer una bitácora del mismo en las redes sociales mientras está ocurriendo?
        
Y así fui creando un cuerpo de apuntes –entre tuitcast y diario– alrededor del proceso mismo de selección de obras, que llamé Apuntes jurados.
        
La idea de estas notas espontáneas era establecer alguna clase de conexión con el participante, que generalmente envía sus cosas y luego ya no sabe nada. ¿Por qué condenarlo, como es lo usual, a la incertidumbre y a una larga espera de meses en forma de silencio? Se me ocurrió que podría ir comunicando algo del  concurso, sin revelar por supuesto nada del mismo.
        
Los apuntes los fui soltando en forma de aforismos en Facebook/Twitter, incluso compulsivamente, para irritación de algunos. Lo que no sabían esos algunos es que yo iba a hacer un texto –este texto– con todas esas anotaciones. 


El jurado
          
Fue Luis Fernando Cáceres –gerente de marketing de BAM– quien me invitó a ser jurado para el concurso.
        
A Luis Fernando Cáceres lo conozco desde hace algunos años. A veces me comisiona textos, porque sabe que el diseño verbal es de hecho una parte importante de las comunicaciones de cualquier empresa, en este caso BAM. Un ejemplo claro de cómo el mundo empresarial no tiene por qué ser ese nido genético y comoditizado de ignorancia y mal gusto, todo lo contrario. Y de cómo el mecenazgo sensible también puede construir valor de marca. Con diez tipos como Luis Fernando se podrían hacer cosas realmente alentadoras en el paisaje cultural (ese yermo, ese cráneo) desde lo privado. Por medio de la institución que representa, Luis Fernando apadrina toda clase de proyectos estimulantes, y no solo en la cultura –aunque por supuesto la cultura es el área que más me interesa, por razones obvias, y en particular la literatura.  
 
Es de su mano, pues, que ha salido el mayor concurso literario que tiene actualmente este país. Mayor por el premio como tal –el dinero, la edición– y mayor porque se enfoca exclusivamente en nuestros autores nacionales y mayor porque es un certamen fresco y vibrátil que viene a remozar el ambiente de las letras. ¿Vamos los escritores a darlo por descontado? ¿A devaluarlo o ningunearlo? Para mientras, a los jurados nos tratan con mucha dignidad.
        
El jurado original del premio estaba constituido por tres personas: este servidor, la escritora Ana María Rodas, y un viejo compañero de aventuras, José Luis Perdomo. Luego Ana María –que entró a ocupar el cargo absorbente de Ministra de Cultura– fue sustituida por Carol Zardetto.
        
Eso de construir un jurado literario es delicado. Un jurado es un mandala y como todo mandala requiere diseño, equilibrio, composición. Por fortuna, el equipo escogido funcionó.
        
Tuvimos una primera reunión de carácter afable. Ahí estaban, aparte de los miembros del jurado, el mismo Luis Fernando Cáceres y Raúl Figueroa Sarti, editor de F&G Editores, y responsable de publicar la obra ganadora. Habríamos de juntarnos varias veces en los meses siguientes, para ir reduciendo el listado de posibles ganadores (y para pelar desde luego el ambiente literario, cosa que nos sale tremendamente bien).
        
En términos generales, fue fácil ponerse de acuerdo. Aunque lamento que ni Carol ni Perdomo dejaran pasar a la ronda final un manuscrito al cual yo le tenía suficiente confianza. Nada qué hacer: así funciona el juego, y hay que confiar en la consciencia colectiva.


Narrativamente honrados

Me fueron a dejar a casa una gran caja con los libros a considerar.          Se trataba de una preselección; lo cual es completamente estándar en concursos de esta naturaleza. Setenta y un libros en total, si mal no recuerdo.
        
De pronto mi casa se llenó de escritores sin nombre.
        
Lo cual era un honor. Si alguien, quienquiera, te concede ese privilegio, el de leer su manuscrito, entonces esa intimidad, esa confianza, hay que agradecer, hay que reverenciar. ¡Es un honor cortarte el dedo con la espiral del libro que alguien ha enviado a un concurso! (Cosa que efectivamente, y sangrientamente, me pasó.)
        
Así pues, la cuestión era entrar en relación de intimidad con cada obra, abrirme a su modo propio de estar abierto, de recibirme.
        
Otra cuestión era desconfiar de ese gesto demiúrgico y arrogante que consiste en descartar un manuscrito como quien borra un mundo.
        
Como dije antes, he concursado en un resto de certámenes literarios –ganando algunos y perdiendo casi todos–. Y es por lo mismo que entiendo perfectamente lo que es invertir tiempo, energía, trabajo y esperanza en ganar un premio. Para mí, verán, es una cosa muy muy seria.
        
Así pues, cuando acepté el cargo de jurado en este concurso, decidí que toda mi sensibilidad y poder de discriminación iban a ser puestos en ello.
        
No fue para mí un mero brete. No una seca actividad literaria, entre otras secas actividades literarias. Había todo un principio en juego. Un libro merecía un lugar. Un destino. Por tanto había que escarbar. Esa obra y esas obras eran, de algún modo, como si fueran mías.
        
Ignoraba quiénes eran los autores de los libros, aunque a veces jugaba a intuirlo. Otras veces no tenía idea. ¿Era una mujer, un hombre, un anciano, un adolescente? También me preguntaba si cambiaría mi lectura y criterio de un libro si antes supiera quién lo había escrito. Pregunta vieja y legítima: ¿en qué medida lo que sabemos de la obra afecta nuestra lectura de la misma?
        
Aprendí mucho. De los libros excelentes, pero también de los otros. De una obra genial se aprende todo, pero de una obra solamente buena, o incluso mala, se aprende más, pues le permite a uno comprender lo que carece justamente para ser genial.
        
Hay manuscritos mágicos. Uno de entrada sabe que merecen ir a la próxima ronda. También se da el efecto contrario –esos libros que te hacen retroceder horrorizado, monstruosidades, deformaciones que te indignan e indignan toda la plaza cósmica.   Libros feos.
        
A veces me ocurría que una obra se me presentaba como una mis favoritos en las etapas iniciales del proceso, pero luego me parecía sin ningún brillo. Se me caía. Eso que al principio pensaba abridor de magias narrativas, se quedaba sin vigor y fundamento, lívido, pobre, aburrido. 
        
A veces era con tristeza que descartaba un libro. Nunca una decisión a ciegas: el libro simplemente no cumplía, no ejecutaba. Y sin embargo se notaba cuánto amor se había puesto allí, cuánto sentido de posibilidad, cuánta tibia, mullida esperanza... No daba para un primer lugar, acaso, pero toda vez intrigaba...
        
Seguidamente está el caso de los libros impares: todo el genio de un cuento gotea por la rajadura de otro. Es parte de la dificultad básica de ser jurado de un certamen de cuentos. Un solo libro de cuentos puede encerrar muchas calidades distintas. En ese sentido podría pensarse que ser jurado en un concurso de novela es más fácil que ser jurado en un concurso de cuento. Aunque la verdad es que una novela también puede tener muchos momentos impares.
        
En fin, ya descartado el ripio, y pasada la reventazón, empecé realmente a disfrutar el sonido de la página que pasa, el oficio oracular de discriminar manuscritos. Lo que estaba buscando, con celo evangélico, eran libros narrativamente honrados, y escritos con suficiente dignidad.
        
Obtuve muchos momentos de placer. Me topé con cosas realmente espléndidas. A veces me pasaba que leía algo muy interesante y me sentía ligeramente amenazado como escritor, con cierta envidia (sepan que soy un jurado justo pero de plano un autor envidioso).
        
La narrativa corta local no está en un mal lugar, puede decirse, desde el momento en que hay un puñado de libros de cuentos consistentes girando en un solo concurso. No es un puñado enorme, aclaro, pero es compacto y eso basta.
        
Muchos de esos libros puestos a concursar merecen ser publicados. Ciertamente todos aquellos que terminaron siendo recomendados tienen algo de especial en ellos. Yo hubiese agregado algunos más, pero eso ya no cabía en las posibilidades.
        
Por mi parte, estoy agradecido de esta oportunidad que tuve de sentir de cerca la temperatura de la narrativa del país.


El arte de discriminar

Quiero hablarles un poco de cómo fue mi manera de discriminar, en tanto que jurado.
        
Procuré ser laxo al principio (dejando entrar muchas obras al círculo de consideración) y al final implacable (desmochando cabezas sin piedad).
        
También procuré integrar razón e intuición. En efecto, si nos atenemos a ese viejo esquema que pone la razón por un lado y la intuición por el otro (hoy seguramente puesto en duda por la neurocibernética) yo diría que el oficio de jurado es uno muy racional y lógico, pero luego hay todo un movimiento de criterio que parte de otra clase de legitimación, más cercana al relámpago.
        
Tiene que darse, es necesario, alguna especie de amplitud objetiva, un reconocimiento más allá del propio sistema de preferencias, pero lo mismo hay que confiar en la propia subjetiva sensibilidad, que es algo más que un apéndice decorativo.
        
Pero aún con toda la voluntad racional e intuitiva del mundo, siempre hay espacios de incertidumbre. ¿Y si se me pasó alguno?, me preguntaba yo a veces. Y entonces era un cuestión de volver y revisar.
        
De ahí que a veces descartara un libro, y días más tarde, lo volviera a reincorporar.
        
Solo para descartarlo de nuevo.
        
O no.
        
(Otras veces soñaba con un libro ganador que fuera una selección de cuentos de varias de las obras concursantes, en plan Frankestein.)
        
Y cuando finalmente ya sabía por donde iba la cosa, venía otro cuento, en otro libro, que me botaba todo el esquema.
        
Una cosa tenía clara: no estábamos premiando un cuento, quizá ni siquiera una colección de cuentos, sino, ya, un libro de cuentos, si me permiten, amables ustedes, la hipóstasis.
        
Quería quedarme con aquellas obras que me dejaban la impresión de haber leído un libro. Habían proyectos muy bien escritos, pero no eran libros en el sentido totalizante, holosférico, de la palabra.
        
Al final del proceso, tuve un nuevo momento de indecisión. Verán: reducida la lista a cinco, seis títulos, es posible escoger un ganador, pero en todo caso el asunto se torna apretado. Apretado y simultáneamente etéreo, sutil: los criterios son tantálicamente subjetivos: acertar y equivocarse nociones ya porosas.
        
Con todo, un libro fue quedándose conmigo, el que resultó ganador, y en el cual los tres jurados claramente coincidimos.
        

De jurado a concursante literario

Termino este texto bastante contento, porque el escribirlo me permitió revisitar una experiencia, la de ser jurado, que fue estimulante en tantos niveles y me enseñó tanto.  
        
Y una de las cosas que me enseñó es a ser mejor concursante literario. Nada te prepara mejor para ganar concursos literarios que ser el jurado de un par de ellos. Si de algo te facilita el ser jurado es ver tu propia sombra narrativa, el tedio que hay en tu propia literatura.
        
De hacer recibido mi propio manuscrito, ¿le habría dado el primer premio?
        
Lo dudo.
 
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