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Maurice Echeverría: ingenio y versatilidad prolífica

Entrevista realizada por Rafael Romero para su sitio Te prometo anarquía.


TPA: Tu nombre aparece en las antologías y en los estudios críticos sobre literatura guatemalteca como miembro medular de la llamada Generación de Posguerra junto a otros escritores con cierto recorrido y trayectoria, ¿qué fue lo que ocurrió con ustedes, como escritores, poetas y artistas, en aquellos años? ¿Creés que el papel que jugaron fue determinante para las generaciones venideras?

M. E.: Nosotros fuimos estrictamente la primera generación de posguerra, es decir que la paz se firmó sobre nuestros veinte años. En ese momento había una energía única y un ambiente de posibilidad. La sensación era que las coordenadas empotradas del conflicto ideológico estaba siendo superadas. Mucha inocencia, mucha locura y cierta sed nos distinguió o delató. Es como que a un loco le quitaran la camisa de fuerza, y se pusiera a pintar dibujos en las paredes, a la manera de Lascaux, o bien a jugar con sus propios dientes. Como ya he dicho en otras ocasiones, aquello era un yermo –salvo ciertos riguroso parches, uno y otro oasis, aquí, allá– y aún así se logró crear alguna cosa. Tampoco es para compararnos con esos judíos en el desierto del Neguev, que sacan extensiones respetables de espárragos de las condiciones más arteras. Pero algunos frutos muy consistentes se dieron. Pienso en una Regina Galindo, por ejemplo. Pienso en un Julio Hernández. ¿Si fuimos determinantes para las generaciones venideras? Fuimos –y de hecho somos– un punto de referencia, y con ello quiero decir algo que se puede celebrar o escupir. Por demás, te remito a un texto que escribí llamado Itinerario, en donde hablo bastante del tema, ya centrado en los escritores de mi generación, o ya centrado en algunos escritores de mi generación, o ya centrado, llanamente, en mí mismo.

TPA: Has publicado muchos libros, tanto narrativa como poesía, y también ganado algunos premios importantes, ¿cómo te ves actualmente? ¿Cómo esperás que los lectores o la gente que te conoce te vea? ¿Te sentís a gusto con la etiqueta o el rol de escritor? ¿Preferís otro?

M. E.: He llegado a un punto de paz con mi oficio y como escritor ya se ha consumado mi proceso de individuación. Lo que quiere decir, entre otras cosas, que ya sé lo que puedo y quiero hacer, literariamente hablando, y lo que no. Me ha tomado veinte años entender cómo debo funcionar literariamente. Fue un trabajo de formación e información muy necesario. Una exploración indispensable. Y ahora lo tengo: comprendí mi alquimia. Una cosa que me di cuenta es que el guión que nos metieron de lo que se supone debe hacer un escritor es una falsedad por todos los costados, y que los que siguen creyendo en él son unos arribistas y le quieren besar la mano al papa. Se puede ser un escritor muy bien publicado, sin tocar las fibras esenciales del entorno y sin transmutar nada. A mí me interesa escribir, y nada el aparato literario. Repito lo que ya puse en otro lado: evito lo más que puedo ingresar al régimen linfático de las mesas redondas, las presentaciones, los congresos, la discusión de novedades literarias, los libroclubs, las becas, los intercambios profesionales con los otros reyezuelos del oficio, las entrevistas y colaboraciones estratégicas, el lobbying editorial... El escritor puede hacer un poco de todo eso, pero, si no se cuida, todo eso se lo va a hartar vivo. En el experto literario expira el escritor. En el funcionario literario, ya ni digamos. Podemos jugar en todos los niveles, pero la marginalidad no se puede dejar a un lado, si me permitís el efecto. Si estoy haciendo esta entrevista, es porque nace del calor y no del cálculo. En lo personal, agradezco haber fracasado, como escritor: pues ya solo me quedó la sinceridad, la entrega cruda. Y no espero nada del lector, ni que me vea de ningún modo. Esas expectativas están muertas, todas. Libre de expectativas, soy libre de veras. Me gustaría decir que en eso de escribir nada está escrito. Las leyes y las posibilidades las inventa uno en el camino. De otra manera solo se está plagiando lo circulado y lo recorrido. Dicho esto, me podés llamar escritor. Escribir es lo que hago y de lo que vivo. Sea una columna, un texto corporativo o un poema. Lo hago con rigor. Por supuesto, es una identidad relativa, jamás absoluta. Diré la perogrullada: la última escritura es el silencio.

TPA: Vos, mejor que nadie, sabrás cómo funciona el panorama editorial de Guatemala. ¿Qué opinión tenés al respecto? ¿Creés que funciona con cierta solvencia a nivel comercial y/o de difusión? ¿Cómo te ves dentro de ese panorama?

M. E.: Te corrijo: yo no sé cómo funciona el panorama editorial. Tengo algunas nociones. Por ejemplo, recién escribí este post: “El problema con las editoriales grandes es que no te pelan, incluso si estás en su nómina; el problema con las editoriales pequeñas es que se pierden en el menudeo y no tienen músculo.” La otra vez estaba hablando con Raúl Figueroa Sarti sobre los problemas que tiene su editorial. Completamente desmoralizante. Una cosa cuartelaria. Pero en cierto modo, nada de eso me provoca interés realmente: ese artefacto matérico e ideológico llamado libro ya no me estimula. He decidido no escribir más libros ni publicarlos (si publicara alguno sería para cerrar una gestalt del pasado). Lo que no quiere decir que no siga escribiendo y publicando. Como ya dije: es lo que hago.

TPA: Sabemos que desde hace algunos años te has decantado por el formato blog (de hecho, has publicado varios libros bajo el sello Zanate). ¿A qué se debe esta inclinación? ¿Qué valor o valores has descubierto empleando esta herramienta?

M. E. : Mi ética es artesanal, mi ética es internética. Mi ética consiste en compartir el pan de la escritura. Por eso el blog. El más grande valor de esta y otras análogas herramientas es que me permite saltarme a los sacerdotes y mediadores culturales.

TPA: Tu papel en las redes sociales, especialmente en Facebook, se ha intensificado. ¿Creés o ves en FB una alternativa válida o sólida para comunicar tus opiniones? ¿Qué pretendés con ello? ¿Lo hacés bajo las premisas de un usuario estándar o hay algo más?

M. E.: Por supuesto que FB es una alternativa válida y sólida para comunicar mis opiniones. ¿Por qué no habría de serlo? Es un medio dúctil y fértil, que te permite estar en la conversación pública en tiempo real, y beneficiar tus opinión de un feedback muy polinizador y rizomático. Y aparte de la instantaneidad, que no es poca cosa, está la intimidad. Y por supuesto el alcance. Solo diré que el posteo compulsivo es parte de mi dharma y de mi agenda y de mi obra. Por tanto no lo rechazo como otros escritores, más bien reaccionarios, mezquinos y pontificios. Mi poder de discriminación aumenta, no disminuye, con las redes sociales.

TPA: Tus columnas de opinión son, digamos, únicas. Es decir, tienen tu marca personal en cuanto al manejo del lenguaje y al léxico, un vocabulario bastante cultivado y a veces hasta preciosista. ¿Creés que debido a ello tu opinión (o lo que intentás transmitir) pueda sufrir una especie de rechazo, en el sentido de que un  lector convencional sienta que va dirigido a un sector determinado, ese sector que, digamos, esté a la altura de tu discurso?

M. E.: La pregunta viene viciada y cargada. Algunas columnas mías son complejas y preciosistas, otras no.

TPA: ¿Cuáles han sido tus mayores influencias literarias y/o artísticas? Aquellos escritores, poetas, músicos, pintores, cineastas, etc., digamos, que considerés imprescindibles para sustentar tus procesos creativos. ¿Podrías mencionar algunos?

M. E.: Estoy dispuesto a responder todas las preguntas, menos las cajoneras.

TPA: ¿Cómo ves el panorama literario actual en Guatemala? ¿Existe? ¿Qué lecturas recomendarías? Si los hay, ¿qué autores/as locales te llaman la atención?

M. E.: Podría hablarte del panorama literatura actual en Guatemala, pero sería eso un montón de pajas, puesto que no lo conozco a profundidad. Estoy medio enterado y nada más. La verdad es que no soy de los que muevo mucho el culo para saber qué está pasando a su alrededor. Es posible que se esté incubando un relevo literario, atizado por los nuevos instrumentos tecnoverbales. Por otro lado, puede que esos mismos instrumentos tecnoverbales esté robando a los escritores potenciales la libido literaria. Podría darte nombres de autores que juzgo competentes, pero serían los mismos que le di a otro entrevistador hace unos años. No alcanzo a ver figuras más frescas y de poder en el ambiente literario que me llamen realmente la atención, es decir que me provoquen envidia. 

TPA: Tu último libro es la novela Un rencor puro y perfecto (Alas de Barrilete, 2015). ¿De qué se trata? ¿Qué nos podés decir sobre él? ¿Cómo ves el hecho de publicar con una editorial relativamente nueva?

M. E.: Rencor es un libro que me gusta, porque posee lo mismo entraña, lirismo y control narrativo. El libro ocurre en un edificio, según mi permanente obsesión por los espacios cerrados, y su personaje es un sujeto guardado y oscuro que nos va dando un reporte subjetivo de la vida del lugar y de su propia vida sin salida. No digo más, o es el spoiler. Respecto a la editorial: me gustan las editoriales nuevas porque te ponen atención. Aunque al final no es una cuestión de si la editorial es nueva o vieja, sino más bien de si hay química o no, de si hay romance o no, de si hay entendimiento o no, de si hay comunión o no. Publicar un libro es coger.

TPA: El país está pasando por una serie de cambios y de epifanías sociopolíticas. La gente salió a las calles y muchos de los corruptos que estaban en el poder ahora están encarcelados. ¿Qué opinión tenés al respecto? ¿Hubo o no hubo una primavera guatemalteca? Un número importante de la vieja milicia está en proceso judicial, ¿qué te parece?

M. E.: ¿Me permitís citar un post propio, que publiqué a finales del año pasado? Helo aquí: “Donde se ve que somos una sociedad inmadura es que confundimos con mucha facilidad meros estados intersociales con estadios de desarrollo integrados. Lo que pasó este año fue interesante, pero de ninguna manera podemos decir que el movimiento ciudadano estableció un nuevo conjunto de reglas culturales, más bien reafirmó las existentes, como se terminó viendo en las elecciones. Todo cambio substancial es el resultado de una emergencia, una concentración crítica de ideas y prácticas sociales serias, y con ello no me estoy refiriendo a soplar la vuvuzela.” Con la otra pregunta, diré que no tengo pena alguna con que pongan en banquillo a los carniceros. Eso no tiene nada que ver con los acuerdos de paz, que firmaron los carniceros.

TPA: Muchos escritores guatemaltecos no son tan conocidos fuera de Guatemala, excepto dos o tres casos puntuales. ¿Qué creés que es lo que falla en ese sentido? ¿Veremos un libro de Maurice Echeverría publicado en España, por ejemplo, en donde se pueda enfrentar a otro tipo de lectores?

M. E.: Si los escritores guatemaltecos no son tan conocidos afuera es porque para ser un famoso literario no basta con escribir, ni siquiera basta con escribir bien, hay que montar una plataforma toda de marca y de marketing, y el nativo no desea por lo general meterse a esas honduras, porque esto es el parvulario. Y en ese parvulario estoy metido yo. Es una manera de decirlo, porque en el fondo lo que pasa es que a mí la fama me pela por completo la verga. Queda claro que fama no es por fuerza conexión.

TPA: Muchos escritores sienten cierta devoción o cariño especial por uno o dos de sus libros publicados. En tu caso, ¿cuáles serían y por qué? Asimismo, ¿te arrepentís de haber publicado algo que ahora sentís que no esté a la altura o que no te satisface como en su momento?

M. E.:  Por supuesto. Hemos escrito muchas cosas que no deberían tener voto en la propia bibliografía (y que sin embargo lo tienen, excepto lo muy deshonroso). Pero luego hay otros libros que me gustan, y además son varios y no vicarios y son de todo punto verdaderos. Pero el ejercicio de listarlos me parece un poco vulgar. Sin contar que está lo inédito. Hablando de lo inédito: de un tiempo para acá mi poesía me parece muy digna. Lo digo yo –ya que nadie más puede decirlo.

TPA: Por último, ¿qué podemos esperar de Maurice Echeverría este año o en los próximos años, desde un punto de vista literario? ¿Andás trabajando en algo? ¿Algún proyecto en ciernes?

M. E.: Me tenés escribiendo continuamente poesía. He entendido que yo soy esencialmente un poeta. Muchas razones hay en ello, que no podré explicar aquí. No escribo libros de poesía: solamente poesía. ¿Se entiende el matiz? Y no la estoy escribiendo para un lector, la estoy escribiendo para me, myself and I. Luego te puedo decir que ya abandoné la narrativa por completo, aunque siempre es posible que algo del pasado, aún no publicado, surja en algún blog o por ahí. Es la gestalt, y hay que cerrarla.

TPA: ¿Cómo afrontás el proceso de escritura? ¿Tenés algunas manías, algún ritual? ¿Qué música oís mientras escribís? ¿Qué te acompaña: un café, un té… algo? ¿Lo hacés a diario y en algún horario en particular?

Escribo sin mayores liturgias, pero sí todos los días y a las mismas horas. Añado que tengo protocolos directos y calificados de escritura, que se han ido cocinado con los años. En eso de escribir, yo ya me hallé.   

Promesa cumplida



Nos recibe Julio en ese hontanar llamado Erre, con unos lentes de plástico rosados, que son los que usa porque es aventado y tímido a la vez, y con esos lentes se explicita y se oculta simultáneamente. ¿Hemos venido a La Erre a ver qué? Te prometo anarquía. ¿Qué es Te prometo anarquía? Una película de Julio Hernández. El lugar está full de gente.
           
Aquí va mi reseña.
           
No es la primera vez que escribo de Julio. Ya antes escribiera yo para la revista Rara un texto que se llamó, ¿cómo se llamó?, se llamó Crudeza y belleza de un Julio Hernández y son unas impresiones sobre una primera etapa fílmica del que nos concierne. No, no es la primera vez que hablo de Julio ni muy será la última.
           
Mucho tiempo ha pasado desde que Julio y yo trabajamos conjuntamente en aquel diario en el cual por lo visto yo sigo trabajando. La vida, chupahoras, nos puso donde tenía que ponernos, que tampoco es un pésimo lugar. A él lo convirtió en un auténtico hombre–cine. Algún tiempo, sí, desde que yo viera los primeros inocentes tanteos videográficos de Julio.
           
Hoy –al ver Te prometo anarquía– me daré cuenta que Julio es ya un cineasta de otro nivel, un cineasta de clase latinoamericana y mundial. Y mientras se le siga proveyendo las condiciones adecuadas de trabajo, dará resultados cada vez más cristalinos–espesos de su parte. Espero que se esté entendiendo que le tengo mucho respeto, y que es la clase de respeto que no viene de la complacencia huera, sino de un escrutinio sentido en el tiempo.   
           
Se abre el umbral luminoso, ingresamos a la película. La misma que posee esos mismos elementos de otros filmes suyos. Mencionemos algunos, al azar: 7, 10 o 12 planos memorables; actores que no siendo profesionales sacan súperbien el trabajo; cinta auditiva que ha sido nuestro placer, porque nadie en el barrio tienen mejor gusto musical que J; escenas que son detalles, detalles que son escenas; etcétera.
           
Pero a pesar de todos sus leit motivs, sus obsesiones formales y tópicas, Julio no parece repetirse, o no de una manera que nos moleste particularmente.
           

Todo el mundo sabe mentir

Los personajes de Te prometo anarquía son por supuesto adolescentes, porque lo propio de Julio es la adolescencia, como quien dijera un Gus van Sant latinoamericano.
           
Estos adolescentes, estos olvidados, esos seres sin crónica pero nunca para Julio, van parcelando sus vidas donando sangre, hueliendo pegamento, patinando en las periferias implosivas de la gran corriente citadina, cogen tierna y testosterónicamente, recitan poemas–himnos generacionales que son rapes de angustia, nos van dando las viñetas itinerantes de este comic requeridamente, neuróticamente urbano.   
           
Los principales son dos: Johnny (Eduardo Martinez) y el suave y trágico Miguel (Diego Calva), quien me recordara a un amigo que tuve tiempo atrás. Nos ha dicho Julio que ambos actores son heterosexuales, y que no se conocían entre ellos antes del filme. A ellos Julio les dijo lo que les dice a sus actores y es: no van a actuar, van a mentir.
           
Y es que todo el mundo sabe mentir. 
           
Para mientras les roba sus personalidades reales.
             

La inocencia traicionada

Tan solo una historia, una historia–poema de unos skaters que se aman, venden su sangre, lazarillean, y cuya inocencia se lastima y se traiciona (lo cual bien podría ser el tema de todas las películas de J) y torna en algún horror. Esto es de cómo se pierde la inocencia, sí, y de cómo al perderla se pierde la ciudad, hay un expatriamiento y una suerte de separación electrolítica. 
           
Película angustiante, de ominosas consecuencias, como otras de Julio, y como otras de Julio, tierna y humorística y lírica también, y con un final quién–sabe.
           
Que sea tan lírica no significa que no tenga alguna trama: allí están, por caso, el crimen y el secuestro. Pero por otro lado se nota que la narración no está religada científicamente, sino más bien es una historia intuitiva, que se desovilla a–la–manera–de–Julio, a quien los guiones solo sirven para conseguir dinero. En el rodaje ya no los usa del todo, sino más bien improvisa. Esos guiones son suyos, no solamente porque él los ha caldeado en su interior durante mucho tiempo, sino porque al final es él quien los traciona.


El rollo de la película (y subrollos)

El título de este sexto largometraje de Julio fue tomado prestado del blog de Rafael Romero Te prometo anarquía (en donde por cierto hay una selección de poemas de este servidor, si a alguien interesa). Es un título cabal, para una película cuyo rollo es el de la inocencia lastimada, como ya creo que dijimos. Te prometo entropía. Te prometo planes rotos. Te prometo algo ya abortado.
           
Subrollos: la cosa gay, el skate, la donación de sangre en el mercado negro, el narcosecuestro o narcolevantón, y la ciudad, ese ónix sucio.
           
Podemos ir viendo todo eso por partes.
           
La cosa gay. La cosa gay entre dos adolescentes, pero resulta que uno de ellos no es gay sino bisexual (y flirtea y se enrolla con una chava y sus tetitas dulces) y todo eso produce las previsibles confusiones psicosexuales propias del caso, con su óbice de celos. El filme rinde sesiones no explícitas, pero tampoco disimuladas, de carnalidad homosexual teen. Sexo gay en un tanque o container metálico (que es como una nave extraterrestre en alguna parte inefable de la metrópoli) o bien en un motel sin coordenada, en donde un barquito de papel navega en las chamarras del amor, al estilo de Luis González Palma.
           
El skate. Por supuesto, es un tema constante, pero tampoco despótico, y eso se aprecia. Me explico: yo fui skater durante años, pero agradezco que esta no sea una peli de skate propiamente, con toda clase de tecnicismos y stunts. No era ese el punto de la historia. Seguramente si se le hubiera dado mucha atención a los efectos, los grinds, las escaleras, los saltos sobre huecos tenebrosos, se hubiera perdido el poetismo básico del skate allí planteado.          
           
¿Y cuál es ese poetismo básico?
           
Cuando somos jóvenes y skaters, hacemos un ollie entre angustia y angustia. Cuando somos jóvenes y skaters, skate es una manera primaria y profunda de insobordinación. Cuando somos jóvenes y skaters, patinar es un encuentro místico con la ciudad.

(Recuerdo que cuando patinaba tenía memorizada cada grieta, cada desnivel, en cada acera).
           
La donación de sangre en el mercado negro. Buena parte de la historia gira en torno al tráfico de sangre, que a veces trae hepatitis C, y que cae o sube por un tubito que va a dar a un negocio planchado. 
           
El negocio es de los narcos, como todos los negocios de billete. Y así es como llegamos a: el tema del secuestro. No es que Julio viera lo de los 43 estudiantes Ayotzinapa, y dijera: voy a meter eso en mi película, previsible y conveniente y oportunísticamente. Oigan: la parte del secuestro ya estaba definida antes del rodaje. Rodaje que estaba a punto de empezar cuando ocurrió lo de los estudiantes, una no desdeñable, pero tenebrosa, sincronicidad, que atravesó el crew como una onda fría. De todas maneras, si esto hubiera sido una referencia a los de los 43 hubiera sido una muy elegante (ninguna violencia, más bien humor, en contraposición a lo que vimos, por ejemplo, en Heli, de Amat Escalante que, ojo, también nos gustó). En el filme nunca se llega a saber qué pasa con los secuestrados, igualmente es en la realidad.  
           
La ciudad. Es decir la ciudad de México, ese lugar preposmoderno, esa ciencia ficción, ese centro sin centro de códigos devorantes, ese espejismo gris en donde millones de seres sin patronímico evidente deambulan, con sus chilangas maneras. Y claro, la mejor manera de llevarnos por la capital es por vía de los patinetos (dice Julio que ellos se apropian de la calle de manera orgánica, dice que simultánemente aman la ciudad y le dan sus golpes).
           
Extendámonos un poco sobre el tratamiento que le dio Julio al DF. Sabemos que Exploró y Curó Las Locaciones, y eso explica que salgan tanto mágicos derruidos rincones (así, una cancha de frontón o como se llame eso) por donde circulan los personajes de su filme en una suerte de nomadismo sinusoidal, encuentro y desencuentro de una Ítaca fluida, en donde por demás las llamadas de cel puede que lleguen o no a su destino.
           
La cámara de Julio nos traslada al suspense de las pasarelas, los vagones de metro, incluso a las autopistas más allá de la metrópolis (aquí lo rural es simplemente lo que no es urbano, cuando en otros tiempo eso fuera al revés). Pero esas autopistas, parece, son venas que nos llaman de vuelta a la sangre genética de la Ciudad de México.
           
Y para mientras, Julio hace cosas con la cámara, propicia ciertos travellings, incluye texturas sonoras, se auxilia de ciertos cromatismos, practica la escena–detalle (escenas algunas que son incluso innecesarias para la historia, pero son las que le dan carne mística). Todo en nombre de la Ciudad de México, ciudad que Julio parece comprender muy bien, y que sobre todo no tiene miedo a expresar.   
           
Aparte de la Ciudad de México, también nos trasladamos a Texas, a donde la historia migra. Esta película también es a su manera, muy sutílmente, un northern. En el Norte tus pecados serán absueltos, siempre y cuando tengas los contactos y las maneras.


Clase media, para arriba y para abajo

Múltiples tonalidades sociales en este filme, pero el punto obvio de partida es la clase media. Hay una cosa con la clase media –que es la clase de Julio, realmente, y la que quedó retratada en Gasolina– y es que se abre a la clase alta y a la baja por igual, y por tanto le aporta posibilidad y registro social a la historia.
           
Y así es como tenemos una escena en donde un derrelicto delicado, lumpen, llamado Techno, se desmaya en el metro, flotando en anemia; y en otro momento, nos entrega a un grupo de chavos urbanos cantando en bandada El Tri; y más allá nos hallamos en uno de esos grandes estudios televisivos, de cancerbero y talanquera, muy acá.


Lo real y lo oblicuo
           
Ya Julio tiene lo más difícil: un estilo propio, y con eso quiero decir una manera propia de ser cineasta.
           
Y su manera de ser cineasta, su talento es decir las cosas con una dosis directa de realidad pero a la vez con una dosis oblicua de ficción. 
           
Cuando hablamos de que dice las cosas con una dosis directa de realidad estamos hablando de varias cosas. Para empezar de lo duro y terrible y sentido de sus historias (que sin embargo no recurre a tremendismos facilones). De Julio no podemos esperar sino auténtica y asqueante condición humana. Te prometo anarquía se mantiene real. Como a su modo Ixcanul se mantuvo real. (Ixcanul, que me encantó; aunque he de decir que esta película de Julio es mucho más cercana a mi propia sensibilidad.) Otra forma en que los trabajos de Julio se agencian realidad es por virtud de estrategias semidocumentales y actores que nunca han estado enfrente de una cámara profesional en su puta vida, y de otro modo por la floración de texturas escénicas y detalles conscientes.
           
Pero aparte hay que hablar de la imaginación de Julio, esa magia sensible que le acompaña y le permite no decir lo evidente, esa magia sensible que lo lleva a Captar Cosas Enajenadas. Estamos ya hablando de Julio como rupturador, que encuentra soluciones oblicuas, que detesta los lugares comunes (eso explica por qué en lugar de traficantes de cocaína tenemos traficantes de sangre) y si bien se acerca ferozmente a lo ordinario lo hace siempre desde lo inevidente, desde una clara vocación ficcional, desde una suerte de lirismo–a–ultranza, desde un humor esperpéntico, desde una cursilería escrutada, y desde un amor a las cosas que viven en las orillas, en las periferias, en las subculturas, pues Julio tiene eso de absorbedor compulsivo de subculturas.


Made in México

Te prometo anarquía quiso ser la segunda de Julio y terminó siendo la última. No la filmó en Guatemala (sino en México) porque no encontró las condiciones, y entre las condiciones a un par de skaters que estuvieran dispuestos a meterse mano.
           
Queda consignado en los créditos liminares de dónde salieron los fondos para hacerla, en cuenta Conaculta, ese fantástico depósito estatal mexicano, que a un guatemalteco nos parece una cosa de la insania, como el cielo de los Musulmanes. Y ahora es la peli con más billete que ha hecho en su vida.
           
Sin las usuales limitaciones materiales mediatizando el proyecto, con siete amplias semanas de rodaje, un crew de sesenta personas (versus los diez–quince de otros rodajes suyos), Julio ya no puede escudarse detrás de eso del bajo presupuesto.
           
El problema, más bien ahora, resultó ser que el proyecto se le había agigantado al punto que ya no tenía intimidad. Mucha gente en el set. Y Julio requiere intimidad, porque así es él. Es como un gato. Sobre todo en el rodaje, que para él viene a ser un momento de mucha vulnerabilidad, un momento muy frágil. Entonces el reto era encontrar momentos de soledad, de implosión.
          
Y unos audífonos.   


Promesa cumplida

Infausta, fresca, clásica. Te prometo anarquía, muy lejos de dejarme en blanco, me hizo muy feliz. Porque hay ahí un poeta, Julio, que muere por el detalle. Porque no creo que perdí el interés en ningún momento. Porque todo largometraje es un stream de decisiones fílmicas inteligentes y creativas, y esta tiene muchas. Por su sensibilidad viva y herida, inocente y oscura. Porque el talento se ve. Porque quien lo niegue a estas alturas es un mezquino o un paranoico.
 
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